Este es un espacio dedicado a la vereda Potosí - Las Delicias en pro de dar a conocer sus principales fortalezas como grupo social y sus diversas problemáticas, las cuales han venido influyendo notablemente en us vida en comunidad

lunes 22 de junio de 2009

Un talento en medio de la adversidad

POR: Cristian Camilo Arroyo (cristian.log@hotmail.com) y Mario Alejandro Rodríguez alhejo@periodistas.com)

Diez años, sólo diez años se necesitan para soñar con un mañana mejor, para jugar a ser grandes y hacerlo con propiedad. Para ser una persona educada, correcta pero sin dejar de ser alegre y amistosa. Para querer ser un profesional exitoso. O por lo menos eso es lo que refleja Gerson Rodríguez, un niño habitante de la Vereda Potosí que con sólo una década de vida refleja el sentir de un niño que conoce muy bien el mundo que le correspondió vivir.

Él, que lleva viviendo tres años en el sector, estudia en el colegio Amina Melendro de Pulecio Sede El Carmen. En esta institución educativa, de nombre memorable en la ciudad, Gerson ha cultivado en forma maravillosa un gusto por la música, en especial por la ejecución del piano y del violín.

A su vez, la pasión por la tecnología también hace parte de su cotidianidad. Posee en su casa varios artefactos electrónicos, de los cuales ninguno sirve, pero a todos es capaz de encontrarle un uso adecuado a su creatividad. Motores, cargadores, ventiladores entre otros objetos, hacen parte de su repertorio de juegos y aprendizaje en un mundo, a su parecer deslumbrante.

“Me gusta mucho la tecnología. Me gusta molestar con la corriente, no sé, cada vez tengo por ahí mis motores y cuando me queda tiempo libre, ejemplo como estos, a veces me pongo a jugar con unos cargadores que tengo y un ventiladorcito que tengo y lo pongo a funcionar, claro que no funciona mucho porque necesita más corriente”
dice el pequeño con gran entusiasmo en su rostro.

Sin embargo, el pasado violento del que proviene todavía marca su memoria, de allí su rápida madurez sicológica que lo identifica del resto de los niños. Su familia pertenece al gran grupo de los miles de desplazados por la violencia. Aun hoy, Gerson y su familia recuerdan el éxodo del municipio de Campoalegre (Huila), donde las FARC impusieron con armas su voluntad delictiva.

“Nosotros somos desplazados de Campoalegre (Huila) porque allá la guerrilla se metió a dañar todo eso, estaban matando y a mi papá le mataron una hermana entonces nosotros nos vinimos para acá para Ibagué”.

Su padre es vendedor de productos naturales y su madre trabaja vendiendo artículos a través de revistas. A Gerson, a veces le toca quedarse encargado de la casa debido a las ocupaciones de sus progenitores, y sus oficios, con la ayuda de sus hermanos.

La dedicación al estudio es evidente, y el tiempo para jugar con sus amigos de la zona es escaso, debido a las ocupaciones escolares del pequeño. “hay veces cuando necesito tareas voy y las pregunto. Un ejemplo el niño con el que estaba jugando que se llama Mauricio y otro niño que vive allí, en la casita blanca, que se llama Camilo… A veces jugamos a las carreras, la lleva o congelado, pero bueno más que todo yo voy a preguntar tareas porque no nos queda mucho tiempo libre, tenemos más que todo que estudiar”.

Los profesores del niño, que cursa quinto grado, dejan ver la admiración por la inteligencia que posee el hijo mayor de la familia Rodríguez. El amor por el castellano es otra de las aficiones de nuestro protagonista, que varias veces ha izado el pabellón nacional en su colegio.

Con respecto al lugar donde vive, Gerson lo describe con un matiz de conformidad, pero deja ver su preocupación por las falencias que tiene la comunidad de la que hace parte. “Pues esta vereda es algo cálida. Aquí tenemos un pequeño problema con el alcantarillado, pues no lo han instalado muy bien pero pues si el agua baja por unas sequias que hay por aquí y no huele muy bien pero sin embargo ahí estamos esperando unas ayudas que nos están dando por las Familias en Acción.

Hoy Gerson continúa soñando con un futuro mejor para él y su familia. Piensa ser un gran ingeniero, esos que desarman los objetos con tal de aprender. No obstante, su pasión por la música sigue viva, más que nunca, y anhela poder fusionar sus dos aficiones. Las mismas que algún día le ayudaran a superar los desafíos que diariamente genera la pobreza.

viernes 19 de junio de 2009

UNA MIRADA AL POTOSÍ DE LOS NIÑOS

POR: FÉLIX EDUARDO RAMÍREZ (felixramirez6343@hotmail.com)


miércoles 10 de junio de 2009

Potosí en imágenes

lunes 8 de junio de 2009

Una mirada al Potosí de los niños

POR: MARIO ALEJANDRO RODRÍGUEZ (alhejo@periodistas.com)


Piel trigueña. Contextura delgada. Sus ojos negros y rasgados escondidos profundamente entre su rostro, el mismo que ha sido marcado irreversiblemente por las cicatrices, dejan ver el espíritu alegre de un niño que ante el sufrimiento y la pobreza con la que convive, no pierde el entusiasmo y la inocencia de sus primeros años.

Él es Luis Alejandro Farfán. Desde hace tres años es habitante de la zona Potosí - Las Delicias. Estudia en el Colegio Cuidad de Ibagué sede Félix de Bedout donde cursa el grado primero. Con ocho años de edad, “Alejo”, como es conocido por sus amigos, aparte de estudiar y jugar, trabaja. Se gana la vida los fines de semana sembrando café en compañía de Don Nelson, su “jefe”.

Dos mil pesos, en promedio, es la recompensa de este pequeño por tres horas de trabajo, los cuales sirven para ayudarle a su madre que no trabaja. Alejandro es uno de esos catorce hijos que hacen parte de su extensa y desmembrada familia, que por cosas de la vida no ha permanecido siempre unida. Su padre, por peleas intrafamiliares decidió marcharse y dejarlos a su suerte. Desde hace un año no responde por el bienestar de sus hijos.

“Aquí la gente daba muchos chismes, entonces por todo eso entonces a mi mamá no le gustaba eso, entonces mi mamá le reclamaba eso a mi papá, entonces todo eso, entonces mi papá se fue, mi papá se fue y teníamos un televisor y un DVD y todo eso se lo llevó”. Así describe Alejandro con pena la separación de sus progenitores. Su papá se marchó para Bogotá, donde según el relato del menor, trabaja en una carpintería y paga arriendo con lo que devenga del oficio.

Pero los problemas entre su núcleo familiar por desgracia no paran allí. Un hermano del pequeño, de 20 años y que vivía con ellos en el sector, también optó por abandonarlos al tener serios problemas con su mamá. Ahora este integrante de la familia Farfán vive en el barrio Granada, con una hermana, por las radicales diferencias existentes en el hogar que le hicieron difícil la convivencia.


Sin embargo, el buen presente del joven contrasta con la dura realidad de la que son víctimas Luis Alejandro, su madre y sus dos hermanos pequeños.

En lo que tiene que ver con el sustento diario, el niño dice que proviene principalmente del mercado que les dejó su hermano antes de marcharse: “Nosotros tenemos ahí mercado, igual que cuando, que como mi hermano se fue por allá, como mi hermano le echó la madre a mi mamá y todo eso y la trató mal, entonces él dejó mercado ahí”.

Por fortuna, la relación con su madre es buena, aunque el niño no niega haber recibido algún tipo de represión física por parte de ella. Yo casi no trato mal a mi mamá, porque ella es la que me manda yo se lo hago. A mis hermanos también les han pegado pero no tanto. Todos, casi todos le hacemos caso Afirma con frescura Alejo, que se enorgullece también de ayudar en los quehaceres propios de la casa.

Cuando sea grande, Alejandro desea ser soldado. La razón que ofrece el menor es muy simple, pero la vez llena de ingenuidad infantil:Porque sí. Ganar siempre plata para ayudar a mi mamá. Si soy soldado traerle garguerías, lo que hay allá y todo eso. Como mi cuñado es soldado. Él trajo la otra vez dos bolsadas de garguerías y todo eso “.

Dentro de Potosí, el pequeño caserío ubicado a 15 minutos de Boquerón, un niño continúa viviendo en su mundo particular. Su historia, es el reflejo de la realidad para nada ajena al común denominador de la sociedad Ibaguereña: la desigualdad social, presente en las clases menos favorecidas de las comunas de nuestra ciudad.

martes 2 de junio de 2009

La escuelita de los sueños

POR: MARIO ALEJANDRO RODRÍGUEZ (alhejo@periodistas.com)

El sol esta mañana se ve resplandeciente en las primeras horas del día por entre las nubes que despuntan del amanecer ibaguereño. Un calor sofocante prima en el ambiente de la vereda Potosí, sector de Boquerón donde comienza para sus habitantes una nueva jornada contra la adversidad del destino, en la cual, la pobreza y la desigualdad social anuncian nuevamente su presencia implacable entre cada uno de ellos.
La travesía matutina para llegar hacia la Escuelita del Tejar, ubicada en lo más alto de la montaña hasta ahora comienza para algunos de los niños que viven en la planicie del lugar. Los perros, que ladran apresuradamente por entre los callejones, avisan la llegada de gente nueva en la zona, desconocida para su fino olfato animal. A su vez, los gallos de pelea picotean entre la yerba buscando uno que otro grano para alimentar a los pichones que andan tras sus pisadas, en busca de su primer bocado del día.

Después de 45 minutos de duro camino, de trocha intransitable dominada por la maleza, el barro y los cultivos de café esparcidos por el terreno, se ve al final de la loma las dos carpas plásticas que hacen las veces de escuela, en este remoto lugar, acompañadas no muy a lo lejos por una casita de bareque y esterilla.

El paisaje de la ciudad de Ibagué se observa en todo su esplendor. La Gobernación, símbolo del poder regional, la iglesia del Carmen, el céntrico edificio de la Caja Agraria y la avenida del sur son vistas en el Tejar con un ángulo único, que da fe de la grandeza territorial de una urbe en pleno desarrollo estructural, que desde hace tiempo ha dejado de la lado la ruralidad para incrustarse de lleno en la modernización.

Las carpas son los salones están compuestas por un plástico blanco que sirve de pared y a la vez de protector ante el clima indescifrable, pues este varía rápidamente del fuerte verano al cortante frio de la serranía. El piso de los dos espacios dedicados a la escuela es una especie de adoquín simulado, imperfecto, compuesto en su mayor parte por pedazos de ladrillos viejos, tablas largas y filosas que son verdaderas trampas mortales para los alumnos más pequeños al momento de tomar asiento.

En este estrecho lugar se enseña desde preescolar hasta quinto de primaria. Así que los estudiantes son divididos en dos grupos. Uno que comprende niños del grado inferior hasta segundo que están bajo el cargo de la profesora Luz Miriam y el otro que va desde Tercero hasta el grado quinto, que son los infantes más grandes y de mayor problema disciplinario, debido a las situaciones de violencia y pobreza a las que se encuentran expuestas en sus hogares.

Es por tal motivo que las caras rasgadas y cicatrizadas con los años, al igual que los brazos y estómagos que están llenos de dolor y de sufrimiento son el fiel reflejo de la mano represiva de sus progenitores. No obstante, las ramas de los arbustos y cafetales, como los troncos ásperos y secos también han hecho su “trabajo” en la piel tierna de los chicuelos. Las marcas del destino se convierten en secuelas irreversibles de una realidad caótica, que tiene como causa principal la carencia de recursos suficientes para subsistir de forma digna como seres humanos.

“Las características y la forma de vivir económicamente es muy baja, hay mucho niño que tiene mucha agresividad”, asegura la docente Libet Paiva, que lleva tres años trabajando en este lugar enseñando a niños de diferentes edades y que ha tenido que lidiar con un ambiente hostil cultivado desde los hogares de la zona.

Entre los lápices viejos y desgastados, los cuadernos sin hojas limpias y llenos de mugre que el borrador inútilmente ha intentado quitar, las profesoras hacen hasta lo imposible para captar la atención de sus alumnos. Las manos de la mayoría de los niños esta mañana están sucias, como suelen quedar después de sentir la tierra entres sus dedos al tocar el suelo en cada jornada cuando los caminos veredales se vuelven tedioso con el trajín y la lluvia.

“Me gusta estudiar, compartir con mis amigos y venir a la escuela por mis profesoras porque ellas hacen un esfuerzo muy grande para venir a darnos clase a nosotros y pues por mis amigos, porque tengo amigos” dice María luisa David Murillo de once años de edad y estudiante de cuarto grado, con una espontaneidad y alegría que mágicamente deslumbran entre la niebla que cubre las montañas circundantes de la ciudad musical. Para ella es completamente agradable compartir con los niños de su misma condición social a pesar de las grandes dificultades por las que tienen que atravesar diariamente.


La paz y la quietud en estas aulas no existen. Los gritos y el bullicio de los menores invaden todo el lugar, y el excesivo ambiente festivo colman a veces la paciencia de las maestras, al punto de exasperarlas en forma considerable. Pero paulatinamente todo vuelve a su estado normal y la atención se centra en el improvisado tablero donde se ubican con cinta y papel las lecciones del día

Hoy algo nuevo han aprendido los niños De Potosí y El Tejar, que con devoción buscan encontrar un presente mejor entre la desesperanza y salir del fango del olvido en el que muchos están sumergidos desde antes de nacer. Un hálito de fe ilumina como un rayo de luz en la oscuridad cada uno de los pequeños corazones que han sido marcados ferozmente por las garras de la miseria durante años enteros.

Para ellos no “todo pasado fue mejor”; por ello desean continuar luchando con tenacidad por un futuro mejor en la escuelita de los sueños.